viernes, 31 de marzo de 2017

INCONEXO

—Debería haber hecho caso a mi esposa, o ¿tal vez no? Ella siempre tiene razón. Siempre está diciéndome lo que debo o no debo hacer. ¡Déjame en paz, bruja! —le digo. —Estoy harto de ella. Siempre lo mismo. Todos los días la misma cantinela. Me recuerda aquélla película, ¿cómo se llamaba? ¡Sí, joder! Esa en que el protagonista se levantaba una y otra vez en el mismo día. ¡Lo tengo en la punta de la lengua, coño! ¿Cómo era? ¡Ah!, sí: Atrapado en el tiempo. Eso es (sonríe). Eso es lo que parece mi vida. Día tras día, siempre lo mismo. Atrapado en el mismo momento una y otra vez. Es insoportable. ¡Dios!, no la soporto. Cómete la comida, tómate la pastilla por tu bien. Ya sabes que no debes dejar de tomarla. No hables que haces el ridículo delante de la gente. Cállate, no ves que no sabes lo que dices. Si no entiendes para qué dices nada. Eres un inútil, te haces mayor. Ya no aguanto más esta situación. Lo mejor sería quitarla de en medio. Un golpe certero y ya está. Todo acabaría por fin. Sería libre. Libre para hacer lo que quisiera. Ya no oiría su voz nunca más. Mi vida sería distinta. Comenzaría de nuevo. En otra parte. Quizá iría al norte, donde crecí y viví. Visitaría a mi madre. Su tumba. Sí. Ella sí fue una buena mujer. Sabía tratarme. Nunca me decía lo que tenía que hacer. Fue la única que comprendió lo de nuestro perro. Un día paseando por los alrededores, buscándolo, lo encontré colgado de un árbol, con el vientre abierto y la lengua fuera. Estaba seguro de que fue aquel niño de la casa de al lado. Mi vecino Pedro. Ese hijo de puta le gustaba meterse con él. Pero Lucio no le hacía caso, le ladraba. Le enseñaba los dientes para hacerle saber que no era bien recibido. Nunca me gustó aquel chaval. Todos dijeron que había sido yo. Esos desgraciados decían que yo maté a mi perro. Primero le saqué las entrañas y luego lo colgué de aquel maldito árbol. Todos estaban convencidos de ello. Y todo porque Pedro dijo que me había visto hacerlo. Aquel desgraciado hijo de puta juró y perjuró que había sido yo. Mi madre fue la única que me defendió. La única mujer en mi vida que sabía cómo tratarme. Darme el cariño que necesitaba.
Después de su extraña muerte, me quedé solo con mi hermana. No quería saber nada de mí. Decía que era un enfermo. Ella sí que lo estaba. Ahora, casado con Andrea, mi vida no ha cambiado a mejor. Al principio era buena conmigo. Me quería y yo a ella. Hasta que cambió por completo. Lo controlaba todo. Se hizo con el control de mi vida. Cree que estoy loco, que no valgo para nada. Me gustaría hacerle comprender que soy tan humano como ella. Siento deseos de matarla.
A veces, sueño que estoy en un lugar abierto, en un salón lleno de gente, con ella. Estamos uno frente al otro. Sonreímos mutuamente. Pero al rato, me doy cuenta de que no tengo brazos, ni piernas. Estoy sentado en una silla de hierro forrada de espuma. Dejo de sonreír. Ella me sigue sonriendo y tiene una cuchara en la mano. Me está dando de comer. Pero yo no quiero. No quiero comer. Me resisto a ello. Cierro mi boca y ella intenta meterme la cuchara dentro. Me hace sangre en los labios. Ella se ríe más y más. Muevo la cabeza de un lado a otro, negándome, resistiéndome. Pero no consigo librarme de ella. Entonces, la gente deja de hablar para fijarse en nosotros, en mí, particularmente. Murmuran entre ellos sin quitarme la vista de encima. De repente, caigo de la silla al suelo. Pero no me hago daño. No siento nada. El suelo es acolchado también, igual que la silla. La gente se acerca a mí y me mira. Sus caras lo dicen todo. Están preocupados por mí. Sienten lástima de mí. Yo no quiero que se sientan así. Entonces, comienzo a llorar. Y les odio. Quiero matarles, matarles a todos. Son crueles conmigo. Miro a mi esposa y consigo levantar un cuchillo con solo pensar en ello. El cuchillo obedece mis órdenes. Mi deseo es dirigirlo hacia ella, hacia su cuello. Entonces, le atravieso el cuello con él, una y otra vez. Después, la apuñalo en el pecho, repetidas veces. Ella comienza a llorar pero, no son lágrimas lo que salen de sus ojos. Es sangre. Una sangre oscura y espesa que se vierte y derrama por sus mejillas, cayendo al suelo, blanco como nubes de algodón tiñéndolo todo a su paso.
De repente, todo se silencia. Me encuentro despierto de ese extraño sueño. No sé lo que significa. Ahora, abro los ojos y me encuentro en una habitación blanca. Miro a mí alrededor. Parece una habitación de hospital. Sí, eso es. Es una habitación de hospital. Estoy tranquilo. Pero, ¿qué hago aquí? ¡Dios mío!, estoy sujeto a la cama, con unas correas de cuero. No puedo moverme. No entiendo lo que pasa. Viene alguien. Lleva una bata blanca. Se acerca y me sonríe. Otro más se acerca a su lado. Los dos me están mirando. Ahora se miran entre ellos.
            — ¿Qué le parece, doctor Jiménez? ¿Cree que reaccionará a la medicación?
            —Espero que sí. Parece tranquilo ahora.
            —Entonces, ¿hago que le quiten las correas?
            —No. Es muy pronto para decidir eso. Será mejor tenerlo veinticuatro horas más en observación. Tenga en cuenta que este hombre dejó de medicarse y por eso ha sufrido el brote psicótico,  matando a su esposa de una forma brutal. Es conveniente que siga amarrado por su seguridad y la nuestra. Le hemos cambiado la medicación. Esperemos que pronto pueda volver a la normalidad.
            —Por cierto, la policía está en camino. Tengo entendido que, se quedará uno de guardia hasta que puedan llevárselo.
            — ¡Dios mío, qué he hecho! —Susurra con lágrimas en los ojos.

@ Carlos Dosel, 2015

1 comentario:

  1. I just bumped into this. So you don't have enough to do with writing a bookyou're doing short stories too.

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